Posteado por: Diego Grillo Trubba | 7 marzo, 2008

La peor cita de tu vida: Fedet

Los hechos que les voy a relatar sucedieron hace cerca de 20 años a más de mil kilómetros de donde estoy ahora, escribiendo. Ni siquiera estas dos distancias permitieron que me olvidara lo que voy a contarles. Y ahora que lo pienso, creo que permitir que recordemos esta etapa de nuestra vida es una de las grandes crueldades de la vida. Así como tenemos recuerdos desde los cuatro o cinco años solamente, deberíamos poder eliminar gran parte de lo que vivimos al comienzo de la adolescencia. Yo me acuerdo cosas que dije o hice y me da vergüenza, mucha. Y a veces cuesta creer que uno sea tan pelotudo, pero si, es cierto, se puede ser tan pelotudo. Eso sería lindo, olvidarse todo. Pero yo no puedo, por eso estoy ahora escribiendo. Yo tendría, a lo sumo, 14 años, ella un año menos.

La poca piedad que tuvo la memoria conmigo hizo que me olvidara su nombre, aunque por unas de esas carambolas de los recuerdos no me olvidé de su apellido, Peralta. Es que era la hermana del puto Peralta. El puto Peralta era flaco, muy flaco, morocho y muy alto, medio desgarbado. Y no jugaba al fútbol. Caminaba de una manera rara, despacio y como dando pequeños saltitos, un movimiento suave y lento en el que se elevaba unos centímetros al comenzar un paso y los bajaba al terminarlo, dibujando una ondulación en el aire con su cabeza. Quizás esto ayudaba a que todo el barrio pensara y dijera que Peralta era puto, aún cuando recién estaba empezando su adolescencia.

No sé si la hermana era linda, por lo que recuerdo no demasiado. Pero se destacaba, mucho. Tenía muy buenas tetas, o al menos tenía, no sé. Es que en esa época todavía estábamos atados a nuestra inexperiencia y a nuestras urgencias, y no sabíamos elegir no sólo por el presente sino también por el futuro. Alguien alguna vez me había dicho, como verdad revelada, que para saber un poco más como sería con el tiempo una chica debíamos mirar el culo de la madre, allí estaba la verdad, el crudo determinismo genético. Y yo le creí, pero nunca actué en consecuencia, a lo sumo me habré fijado y confiado en una excepción a esa regla infalible. A esa edad no tenemos paciencia. Lo importante es que a nosotros esta chica nos deslumbraba, estaba buena en ese momento, era una realidad palpable y perturbante, no teorías. Yo la veía como alguien muy sexual, caminaba y era imposible no mirarla. Conocía solamente a otra chica de, más o menos mi edad, tan sexual. Griselda, compañera de mi hermano, y de quien conocíamos historias de avances de ella y manos en pija en lugares públicos. Era el sueño de todos nosotros, que alguien así nos avance, que haga el trabajo, que decida pasar por sobre nuestra inexperiencia y nos evite la vergüenza. Quizás esa similitud, que también era física (ambas morochas, con tetas, culos parados) me hizo fantasear en que también ella iba a hacer todo el trabajo.

Vivía a tres cuadras de mi casa, una distancia que hacía que nos conociéramos pero no demasiado. Pero si éramos cómplices del mismo juego. Llamar a la casa del otro, escucharle la voz y no decir nada. Llamaban a mi casa y no contestaba nadie, entonces uno que ya sabía jugar tenía que alargar la comunicación y no cortar enseguida, estar un par de minutos diciendo hola, preguntando si había alguien del otro lado. Después de cortar había que llamar enseguida al teléfono de ella, para seguir jugando y demostrarle que sabíamos quien era.

Pero un día yo quebré ese equilibrio del juego, ese pacto implícito. Estábamos en mi casa con amigos charlando de chicas y ella era parte de la conversación. Debemos haber hablado de sus tetas, y de cómo nos calentaba. Seguramente para presumir hombría que no tenía, o simplemente por estupidez, la llamé y le dije que tenía que hablar con ella. Quedamos para el día siguiente a la tarde en una esquina céntrica. En menos de un minuto tenía una cita, dentro de un día y sin la menor idea de lo que iba a decirle. Creo que en definitiva confiaba en ella, en que ella avanzara y me hiciera las cosas más fáciles, o en una improbable inspiración del momento. Sí recuerdo muy bien lo que pensé, y dije a mis amigos, en ese momento. Les dije que sus tetas no iban a aguantar la presión de la camisa y un botón me iba a golpear y marcar la frente. Es difícil olvidarse de algo tan estúpido.

Pero claro, no tuve en cuenta el poder de la vergüenza y el miedo a fracasar. En ese momento todavía no lo sabía, no me había dado cuenta de la importancia del miedo a fracasar en el equilibrio social y biológico. Si no fuera por ese miedo habría millones de embarazos adolescentes más y habría una crisis demográfica. Conocí una sola persona sin ese miedo, mi amigo Ignacio, que fue uno de los primeros en debutar y de los que más cogía. No tenía vergüenza en encararse a la más linda y a la más fea, y se cogía a las dos. No sólo no tenía miedo al fracaso, tampoco escrúpulos, encaraba y se cogía lo que le pusieran enfrente. Pero las ventajas que trae liberarse de ese miedo son cosas que, lamentablemente, uno aprende después, cuando ya no las necesita, o cuando ya tiene arraigadas normas morales que le impiden aprovecharse de las adolescentes.

Nos encontramos al día siguiente en la esquina de la sede social del club, en donde comenzaba el centro. Nos saludamos con un beso en la mejilla y empezamos a caminar por la calle Buenos Aires en medio del calor de la hora de la siesta. Hicimos tres cuadras en silencio, apenas con algunos comentarios circunstanciales, llegamos a la plaza y dimos media vuelta para hacer, en sentido contrario, las mismas tres cuadras. Seguimos caminando las mismas cuadras del centro una y otra vez, y la tensión por una resolución de esa situación absurda crecía, y ella no avanzaba como yo había fantaseado. Las cosas nunca suceden tal cual las imaginamos, y menos aún si son tan improbables. No hubo tetas desbordantes haciendo saltar botones, no hubo mano, no hubo beso, ni siquiera hubo insinuaciones. Sólo hubo un caminar esperando un milagro y algunas palabras intrascendentes e inconexas. La gente que estaba en los pocos negocios abiertos ya empezaba a reírse cuando nos veía pasar. Y la presión en mi crecía, como cuando vemos a alguien inflar un globo de más y esperamos, de un momento a otro, que explote. Las últimas cuadras yo ya estaba aturdido, atento a la explosión inminente y sin poder pensar en como salir de esa situación absurda. Ahora había cambiado de milagro esperado, ya no deseaba que ella me avanzara, esperaba que pasara algo que desviara el foco de atención, que me sacara del medio de eso. Al menos una tregua mental para pensar en algo creíble, y decente. Hasta que vino la explosión. Ella no aguantó más, o se acordó que tenía algo más importante que hacer, y apuró la situación. Me preguntó si no tenía que decirle algo y me puso enfrente toda la responsabilidad de lo que yo mismo había empezado. Le dije que sí, y le pregunté si quería ser mi novia. Por supuesto que me dijo que no, por lo que nos despedimos y salimos cada uno para un lado diferente.

Pero lo peor no fue eso. Debí haberme demorado dando vueltas por ahí unos minutos, para retrasar la situación de volver derrotado a casa y no saber que contarle a mi hermano y mis amigos. Cuando por fin volvía me la crucé del brazo de Juan Cruz, un compañero de fútbol, que me miró y no pudo dejar de reírse. La de ella fue una sonrisa más compasiva, más de lástima. Y me fui con mi orgullo por el piso, y mi estupidez bien visible, caminando despacio hasta casa, sin poder olvidarme, hasta el día de hoy, de esas sonrisas.

Anuncios

Responses

  1. Uy, qué feo Fedet! Pero muy bien contada esta cita…

  2. Fede, muy tierno lo que relatás. En mi barrio nadie se hubiese metido con la hermana de alguien como el “puto Peralta”…otra estupidez de la edad…
    El problema de esos años es que uno no sabe hablar con propiedad y tiene las ideas pendiendo de finos hilos de chicle.
    A quién no le gustaría volver a esa edad conservando la mente y las ideas actuales, solamente para vengarse?
    A quien no le gustaría retrucarle algunas cositas a una profesora de catequesis? A quién no le gustaría saber a esa edad como vestirse y como actuar para levantarse a alguien? Estaría bueno volver a esa edad para vengarnos de padres, tíos, abuelos, profesores, malos amiguitos, Pablito Ruiz, Eddie (que hicieron que nuestra verguenza e idiotez adolescente tengan una banda de sonido bien sincronizada!), también tendríanos que vengarnos de la moda, de los pantalones nevados, de los buzos gigantes, etc. De quién se vengarían ustedes si volvieran a esa edad? Vos Fedet?

  3. Fedet, buena historia. A todos nos ha pasado que dejamos cosas de nuestra vida en manos de otro ……

    Si pudiera volver me vengaría de la intolerancia, de la superficialidad, de los pre-conceptos y de la impotencia que me daba no saber luchar contra todo eso

  4. Romina, gracias.

    Ally, creo que no me vengaría de nadie. Aunque siempre fantaseo con volver a vivir esa época con la experiencia actual (creo que a los 70 voy a fantasear los 30 con la experiencia que tenga en ese momento), pero más que nada para tener éxito con las mujeres (ojo, no sólo para cojer). Me las imagino explotando de amor con las cosas que les diría y haría. Pero no hay manera de volver, la única es con el patetismo del viejo verde, y por ahora paso.

  5. creo que a esa edad todos pasamos por una situación similar. Muy buena historia

  6. Felicitaciones por la escritura Fedet.
    Muy tierno lo de la pregunta pr si quería ser tu novia…me gustó, me gustó.

  7. Luis, Pitufa, Anónima: muchas gracias.

    Anónima: Nunca me gustó, ni me convencía, eso de “querés ser mi novia”, pero tampoco se me ocurría uno mejor. Con el tiempo incorporé una pregunta peor que me acompañó en varios fracasos: “¿querés que seamos algo más que amigos?”

    Elemental, muchas gracias por el espacio.

  8. Sin duda más que amiga es peor.
    Lo de mi novia es muy de esa época de la vida y la ternura que elogiamos a veces no resulta muy “efectiva”.

  9. Me encantó Fedet, muy bien escrita! Muy buen cierre de citas, Elemental

    Punto extra por rescatar del recuerdo esa época espantosa y truculenta que todos preferimos olvidar: la maldita adolescencia.

  10. Muy bien contada, sin duda.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: