Posteado por: Diego Grillo Trubba | 19 junio, 2007

Sonia 00: La primera clase de taller literario

Miércoles.

Bajamos en varias oportunidades al jardín. En todas, Sonia 00 me pregunta por cómo será la primera clase. No le digo nada. Ya la pensé y diseñé decenas de veces -y no sólo porque se trata de Sonia 00, soy obsesivo, me gusta saber los detalles de lo que voy a decir, que parezca una improvisación pero tener todo más o menos prefijado-, pero no le digo nada. Ella insiste varias veces, acerca su cabeza, se inclina hacia mí -ambos estamos sentados-, incluso en una oportunidad apoya su mano sobre la mía y dice:
-Dale, Elemental, que quiero saber.
Yo, si bien suspiro, no digo nada.

Salimos juntos del trabajo. Caminamos por Paseo Colón, cruzamos frente a la Casa Rosada, tomamos el bajo hasta llegar a Corrientes. Subte B. A esta hora, repleto de gente. En un momento, veo algo que me choca: Sonia 00 empuja a alguien no tan disimuladamente, se sienta en el último lugar vacío y me observa con mirada triunfal. Y me pregunto si, para ella, conseguir asiento en el subte es un triunfo. Y si por un triunfo está dispuesta a empujar a los demás. Luego, el subte arranca y el ronroneo me hace olvidar de esa idea desagradable.

Bajamos en Medrano, caminamos por ídem, doblamos en Rocamora, luego en Acuña de Figueroa. Cuando entramos al edificio, Waldo, el portero, me mira sorprendido de que me acompañe una rubia, alta, imponente, con boca de petera.

Preparo café. Del bueno, no el instantáneo.

Sonia 00 admira mi departamento, mi biblioteca. Le digo, como digo siempre, que ésa es una pequeña fracción de lo que leí, que cada tanto hago acopio de lo que ya no leeré, de lo que de repente considero que no vale la pena atesorar, y lo llevo a Parque Rivadavia. A veces para canjear por otros libros, a veces para obtener algunos mangos. La colección completa de Minotauro, los libros de ciencia ficción, tuvo ese destino, en su momento. La mayoría de mis libros antes de irme a Italia con la idea de que me quedaría a vivir allí, también.

-Está re limpio -dice Sonia 00-, re ordenado.
-Gracias -digo.
Lo que no digo es que ayer, cuando volví del trabajo luego de arreglar con ella que vendría hoy, me dediqué cerca de cuatro horas a barrer, ordenar, limpiar el baño, cambiar las sábanas, lavar los platos de una semana entera, incluso encerar, tirar desodorante de ambiente, cualquier cosa que borrase la evidencia de que suelo vivir en la inmundicia. Es que no soy de recibir mucha gente.

Sirvo el café, abro un paquete de galletitas -vainilla, ella me había dicho en una de nuestras charlas en el jardín que le gustaban las galletitas de vainilla, y ayer fui a comprar-. Pregunto:
-¿Lista?
Ella asiente, se refriega las manos.
-Bueno, empezamos.
Y empezamos.

Arranco por la pregunta típica de la primera clase.
-¿Por qué querés aprender a escribir?
Ella me mira, sus profundos ojos castaños me hacen olvidar de su boca de petera. De hecho, no pensaré en su boca de petera durante toda la clase.
Ella responde:
-Porque quiero expresarme.
Y no es una mala respuesta, para una primera clase.

Luego le digo la trampa de la primera pregunta:
-Vos no vas a aprender a escribir, por lo menos acá.
-¿Cómo que no?
-No, para aprender a escribir acá debería haber, acá, alguien que te enseñe. Y yo no te voy a enseñar nada.
-¿Cómo que no?
Niego con la cabeza. Preveía esta sorpresa. Es parte de lo calculado.
-Vos ya sabés escribir -digo.
-No, no sé.
-Sí que sabés. Si leiste, sabés. Si hablás, sabés. La cuestión está en que tomes conciencia de que sabés. Y yo te voy a ayudar a darte cuenta de todo lo que sabés. Y, en ese sentido, no te voy a enseñar nada.
Sus inmensos ojos castaños se abren aún más. Y yo disfruto.
-Para escribir hay que leer. Por ejemplo, ¿qué fue lo último que leíste?
Sonia 00 revuela los ojos, recuerda, dice:
-El Código Da Vinci. Me encantó. No podía parar de leerlo.
Cagamos.

En algún momento de la clase, me posesiono. Me pongo de pie, incluso. Comienzo a caminar por el diminuto comedor mientras muevo las manos, mientras ella me observa expectante. Le hablo del acto de escribir, le digo que, en efecto, es un intento de expresarnos. Y que para expresarnos, para que ese deseo se satisfaga, tiene que haber un otro que lo reciba. Y que, para eso, lo que expresamos tiene que poder ser entendido. Que habrá cientos de interpretaciones, pero una tiene que existir, y es el sentido que deseamos asignarle a lo que deseamos expresar.
-En ese sentido -digo, y las manos se mueven como si fuese un director de orquesta-, el escribir es un acto de amor. Un intento por acercarnos al otro, a seducirlo, a que el otro se acerque a nosotros. El acto de escribir es un desesperado intento por sentirnos menos solos, por buscar compañía.
No le digo, claro, que el acto de escribir es de un tremendo hedonismo, que el escritor es egoista, arbitrario, sorete. Hago hincapié en la parte amorosa, por así decirlo.
Al fin y al cabo, es una primera clase.
Al fin y al cabo, deseo seducirla.

Le explico la primera consigna. Ella deberá seleccionar una serie de noticias de las páginas de internet de los diarios, y enviármelas.
-¿Y entonces?
Yo sonrío.
-Entonces yo te voy a responder con la segunda parte.

Luego de la clase, le pregunto qué le pareció.
-Sos re inteligente -me dice.
Mierda. Eso ya lo sé. Siempre me dicen que soy re inteligente, y a esta altura de la vida he corroborado que con inteligencia no se seduce mucho. Mierda. Hubiese preferido que me dijese que soy apasionado, que mis ojos son lindos. Pero bueno, es una clase de taller literario.

Luego de la clase, conversamos bastante. Ella aguarda que la llame una amiga para ir a dormir a su casa. Comienza a contarme de su ex novio, y en un momento me pregunta por qué estoy solo.
Yo, que a veces puedo ser el tipo más imbécil del mundo, digo:
-Quizás porque me siento solo.
Si algo he aprendido de mis amigos, es que no se seduce con la verdad. Y yo, sin embargo, me encapricho. Una y otra vez.
-Quizás porque desde lo de las trombosis y mi enfermedad siento que no soy digno de ser querido.
Por favor, que alguien me dispare en este preciso instante así dejo de decir idioteces.
-En cierto sentido, necesito que una mujer se me acerque y me rescate.

Por suerte, rato más tarde llama su amiga. Resulta que vive en Lanús (ahora que lo escribo, comprendo que Lanús implica Sonia 04, también, por lo que debería comenzar a odiar ese rincón del conurbano). Me pregunta cómo llegar, y yo no tengo la más puta idea. Al fin y al cabo, me pasé los últimos meses encerrado en el departamento.
-Deberías tener el compumap -dice.

La acompaño hasta Corrientes, donde tomará el subte.
-Gracias, sos re caballero -me dice.
Bajo incluso a la estación, ella se despide con un abrazo.
-Gracias, Elementalito, sos un gran tipo.
Y se va.

Apenas regreso a casa, me pongo a descargar el compumap con el Emule.

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Responses

  1. Otra vez Lanús! La puerta a su averno, Elemental

  2. Emma,

    como soy medio gorilón, creo que todo es un operativo del eterno Quindimil en mi contra.

  3. en menos de dos horas te dijo que eras “re-inteligente” y “un gran tipo”. no sé qué pensar.

  4. Antisonia,

    simple, que no soy ninguna de ambas cosas.

  5. 1) Dice Cheever: “he escrito tanto porque mi búsqueda del amor ha sido infructuosa”,

    2) El “cagamos” después del Código Da Vinci está muy bien.

    3) A pesar del relimpio y relinteligente, está vez me cae simpática tu sonia. Pero no logro que congenie su decir y su revoleo de ojos con su imagen de rubia monumental.

  6. si este viene bien con ganas y hay medio como un cortejo.
    me estoy re cagando de frio

    sobre la otra sonia yo no soy ningun fede
    bah si soy yo obvio
    pero que buen gusto para los nombres jaja
    bueno eso es todo

  7. sobre ella, no sobre vos.

  8. Mire que el viejo se encarga de varias cosas, pero de ésa no creo

    Asi como todos tenemos nuestro Rosebud, todos tenemos nuestro neverindelaif, el suyo definitivamente es Lanús (si no fuera que tengo amigos ahí, un par de tomahawks mandaba :P)

  9. Serena,

    Cheever era un genio.

    Fede,

    vos tenés muchos problemas.

    Antisonia,

    yo te entendí, pero vos no captaste mi sutil ironía.

    Emma Peel,

    si alguna vez hacen una antología de cuentos de barrios del suburbano, decididamente no escribiré acerca de Lanús.

  10. A mi la inteligencia me seduce, el hombre inteligente, de mente rápida, no el nerd ni el intelectualoide.

  11. buena sócrates, ayudala a parir su conocimiento

  12. Yo tuve un momento en que la última novela que leí fue el Código Da Vinci, y no por eso fue una cagada porque no me gustó, la cagada fue cuando mi éx novio me regaló “Ángeles y Demonios” porque leí el Código muy rápido y supuso que me encantó,pero es que todo lo leo rápido, deberias preguntar cuáles son las últimas 3 novelas que leen, ahí si ya puedes hacer una mejor criba respecto a tus prejuicios literarios.

    Los hombres inteligentes, si seducen, a las mujeres nos gustan los hombres a los que admiramos y a alguien inteligente se le admira.


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