Posteado por: Diego Grillo Trubba | 24 mayo, 2007

La peor cita de tu vida: El señor Crab (3)

1998 – Ha salido una hermosa colección de jazz en fascículos, algunos de cuyos cd compro. Estoy escuchando uno de ellos, cuando siento algo así como “están tocando nuestra canción”. Estoy escuchando uno de esos solos de Parker que nos enloquecían con Ricardo. Y entonces pienso, ¡qué joder! Ya pasó tanto tiempo… Lo voy a llamar. Agarro la guía, encuentro su número, y lo llamo.

Me atiende una mujer (¿su actual señora?) Y me dice que va a estar a las doce, que lo vuelva a llamar. Así lo hago, y me atiende él, avisado ya de mi llamado. Le explico que escuchando uno de los viejos discos que escuchábamos juntos me acordé muy intensamente de él, y que eso me había movido a llamarlo. Luego entramos en un intercambio de novedades: amigos muertos, sobre todo. Ahí es cuando después de darme el parte, y como una muestra de que su humor todavía permanecía, me dice: “Y nosotros tenemos también que ir pensando en hacer las valijas” (yo para mis adentros le contesté: “vos andá haciéndolas, yo todavía ni pienso”). Pero esta vez el tono era distinto, cordial, y la conversación se extendió por una media hora más. Nuevamente quedamos en vernos, y entonces me explica que se había terminado de operar de la vesícula, que aún estaba convaleciente y que casi no salía, pero que le dejara mi teléfono, que cuando estuviera mejor me llamaría. No muy convencido se lo di, recordando antecedentes anteriores, y quedé a la espera. Interiormente me dije que dejaría pasar un mes, y que si no me llamaba lo volvería a hacer yo.

Pasado el mes sin noticias, pensé que era mejor que le escribiera. Por teléfono uno (y sobre todo en un caso así) está un poco cohibido. Si bien está hablando con el otro, no es face to face. No lo vemos al otro, no vemos sus expresiones, sus reacciones, sus gestos. De algún modo uno se siente un poco inhibido. En cambio, en una carta, uno se expresa con libertad, sin que la presión de los silencios del otro nos perturbe (de hecho, nada nos puede perturbar) y nos haga decir cosas erróneas. Además, en una carta uno tiene todo el tiempo para decir lo que realmente quiere decir, sin apuros, sin presiones, sin silencios, sugestivos o no. De hecho, estuve pensando esa carta durante varios días. Obviamente, debía ser muy delicada y cuidadosa. Había una herida abierta, y no sé si estaba ya cerrada. Yo sabía que las dos veces de mis anteriores intentos, aún seguía abierta. En efecto, ¿qué podía decirme cuando nos encontráramos? Cuando comenzara el ineludible recuento de nuestras vidas, cuando llegáramos al momento de su separación de Susana, ¿qué podría decirme?: ¿vos tenías razón? Convengamos, era un poco duro. No sé si logré del todo mi propósito, o si logré exactamente lo que quería. Aquí va:

Querido Ricardo:

Seguramente te habrás preguntado, al recibir mi llamado ¿qué corno viene a buscar este tipo después de más de 40 años?

Y obviamente no podía aclarártelo en el marco de una por fuerza breve comunicación telefó­nica.

Dicen que las amistades de la adolescencia quedan grabadas con mayor intensidad. Dicen, también, que a cierta edad (la nuestra), uno empieza a recordar con nostalgia el pasado, ya que el futuro tiene por fuerza menor proyección. No sé cuál sea aquí el caso, pero lo cierto es que cada tanto, cuando surge una situación humorística, o un tema de jazz, o la necesidad de adoptar alguna actitud anticonvencional, me acuerdo de vos.

Lógicamente hubo luego amigos en mi vida, pero no (en todo caso un puñado, y algunos, para mayor desgracia, ya partieron) de los que yo llamo de tiempo completo. Hubo (hay) muchos con los que me conecto en forma parcial, y con los que comparto ya postulados éticos, gustos musicales, o una misma actitud irónica frente a la vida. Pero con vos la cosa era distinta. Recuerdo por sobre todo tu desprecio por toda convención, y no puedo negar que muchas veces, enfrentado a situaciones que lo necesitan, me he acordado de vos. Fuiste en ese sentido una especie de paradigma, del cual he aprendido y me siento (a pesar de algunas claudicaciones) modestamente digno.

La vida que enfrentamos es sin duda muy diferente que la que vivimos juntos. Seguramente ninguno de los dos pudo imaginar los cambios que habrían de sobrevivir. “Es difícil predecir, y menos aún el futuro”, dicen los chinos. Y esas son las cosas de las que me gustaría charlar con vos: de nuestros sueños, de nuestros ideales, y de la medida en que se hicieron o no realidad. Si has, como yo, cometido algunas pequeñas herejías -que entonces compartiríamos-, por ejemplo, mi afición por el “tropicalismo” brasileño. No se trata de una confrontación, ni de ver quién llegó más lejos, cosas que no interesan en la amistad. Tampoco de mantener una conversación convencional, que am­bos odiamos, sino justamente todo lo contrario

Es cierto, generalmente, los reencuentros con gente a la que dejamos de ver mucho tiempo son insatisfactorios, y nos dan un poco de miedo frente a la posibilidad de perder el tiempo, ese huidizo elemento que tan preciado nos resulta ahora. Uno queda con una imagen congelada del otro, mientras que éste tomó caminos distintos, de modo que cuando se cruzan, ambos están tan distantes que el reencuentro resulta imposible: estamos frente a un desconocido. Estoy seguro que no ha de ser nuestro caso. En nuestra breve conversación comprobé que dos de tus grandes virtudes permanecen: el amor al jazz y el sentido del humor. Encontré a otros con los que me he reído mucho, pero nunca pude encontrar a alguien con quien reírme y escuchar jazz y saber que estábamos vibrando exactamente al unísono. Y anduve bastante con gente del ambiente jazzístico.

Mi hermano, a quien no recuerdo hayas conocido, adoptó después de casado, e influido por su mujer, una verdadera cretina, actitudes sumamente mezquinas, que hicieron que me apartara de él. Con motivo de la muerte de mi madre volvimos a encontrarnos, y me preguntó (ni siquiera lo sabía) a qué había obedecido mi distanciamiento. Cuando se lo dije, reconoció mis razones, me dijo que había cambiado (era cierto), ya que su actitud le había costado muchas amistades, y me digo finalmente algo muy sabio: “en fin, eso ya pasó, intentemos recuperar el tiempo perdido”.

Dejé pasar más de un mes en espera de tu llamado. Todo hace pensar que no estás muy convencido, y creo de veras que es una pena. Como mi hermano, te digo: “recuperemos el tiempo perdido”. ¡Cuánto tiempo, y que rico si, como estoy seguro, recorrimos caminos paralelos!

Un abrazo, y espero tu llamado.

Jorge

(continuará)

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