Posteado por: Diego Grillo Trubba | 24 mayo, 2007

La peor cita de tu vida: El señor Crab (2)

Pero quedaba lo peor. ¿Qué hacer al día siguiente, cuando Ricardo viniera a casa a escuchar jazz, como todos los domingos por la tarde? Cuando llega, por supuesto, la primer pregunta fue: ¿y, qué pasó? Pero ya entonces yo tenía preparado mi relato, luego de largas cavilaciones acerca de lo más conveniente por hacer: 1) ¿ocultarle lo conversado con Susana, para provocarle solo sufrimientos más grandes cuando llegara el momento de la inevitablemente cruel y dolorosa separación? o, 2) ¿decirle lo sucedido, corriendo el riesgo, dado su ciego enamoramiento, de que no me creyera? Por supuesto, había elegido 2): si tiene que doler, cuanto antes sea, mejor.

Cuando termino de contarle, él, de costumbre sereno y tranquilo, se pone loco, me dice que soy un delirante, que quién sabe qué comentario inocente habría hecho Susana que había desencadenado quién sabe qué delirios imaginativos míos, y que, por supuesto, no me creía una sola palabra, y que, también por supuesto, no tenía ningún interés en seguir siendo mi amigo, y que no nos volveríamos a ver. Y así fue.

1956 – Ricardo trabajaba en una joyería, donde trabajaba también Juan Visto, otro compañero de secundario de ambos. Un día, habían pasado cuatro años, me comprometo con una de mis tantas novias y le compro los anillos a Visto. Cuando voy a buscarlos, me encuentro con Ricardo, a quien saludo calurosamente, y que me trata con gran frialdad. Después del saludo, le digo que porqué no tomamos un café y charlamos, lo que no parece despertarle gran entusiasmo. Ante mi insistencia, me dice que le dé mi teléfono y promete llamarme. Todavía estoy esperando…

1962 – Pasan seis años, ya estoy casado con Silvia, mi primer mujer. Me encuentro en la calle con González, otro compañero común, con el cual comenzamos a recordar los viejos buenos tiempos idos, y quien de repente me pregunta:

-Decime, ¿qué pasó con vos y Ricardo, que eran inseparables, y de repente…?

Entonces le cuento toda la historia. Y él, que lo seguía viendo, me cuenta a su vez:

-Sí, se casaron, y Ricardo descubrió al tiempo que Susana le metía los cuernos, de modo que se separó.

1974 – Pasaron otros doce años. Corina y Elisa, mis hijas, andaban por los 14 y 12. Como el recuerdo de Ricardo y las cosas verdaderamente geniales que hacíamos juntos (todavía las recuerdo) siempre estaban presentes, se ve que les conté algunas anécdotas. Entonces me dijeron: ¿y porqué no lo llamás? Y… después de tanto tiempo. ¿qué sentido tiene, cómo me recibirá?

Un día vuelvo a casa, y me dice Elisa que me había llamado Ricardo , y que había dejado dicho que lo llamara. Yo contesté: pero si ni siquiera tengo el número. Está en la guía, me contestaron. Así que agarro la guía y lo llamó:

-Hola ¿Ricardo? Soy yo, Jorge Giusti, me dijeron que me habías llamado.

-¿Yo? ¡Jamás!

Interiormente pienso: cuando cuelgue las agarro a esas dos hijas de puta y me las van a pagar. Pero me sobrepongo e intento otra vez:

-Bueno, habrá sido una confusión. Pero ya que estamos, ¿porqué no nos vemos un día de estos, y charlamos?

Nuevamente, la misma frialdad de hace unos años:

-Bueno, en realidad en estos momentos ando muy ocupado, pero dejame tu teléfono. Yo te voy a llamar.

Sigo esperando.

Por supuesto, apenas cuelgo las agarro a las dos y les reprocho el papelón, y me contestan que debe haber sido alguna travesura de… ¡los hijos de Ricardo!

(continuará)

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