Posteado por: Diego Grillo Trubba | 12 marzo, 2007

Sonia 04: La construcción de un regalo

Jueves.

Cuando tenía 18 años y estaba con mi primera novia (bueno, no la primera, la segunda, pero la primera con la que conseguí tener sexo), todos los meses nos hacíamos regalos. Una cartita, y un regalo más o menos modesto. A medida que fui creciendo y que el poder adquisitivo (tanto mío como de mi partenaire) fue mayor, la cuestión era que mes a mes el regalo, se suponía, tenía que mejorar, o porque el de ellas había sido superior en gasto al mío, o porque quería reafirmar todo lo que sentía por ellas. Una especie de círculo vicioso que me hizo destrozar los fondos de una tarjeta de crédito (de la cual era titular mi madre, pobre) y temerle a los mesarios, a mi actitud ante los mesarios. Pero, como dije ayer, Sonia 04 venía comentando con insistencia que el próximo lunes cumpliremos un mes, y eso sólo puede significar que desea algún regalo y que me comprará otro, por lo cual si deseo abstenerme de la adicción a los regalos mensuales lo único que conseguiré será que sus labios finísimo se tuerzan, que su nariz flaca, pronunciada, apunte hacia el piso. Y no quiero esas cosas. Ya dije que la quiero.

Hago un cálculo mental del presupuesto del mes. El resultado es un tanto exiguo, si deseo invitarla a comer afuera. El resultado me permite, entonces, sólo una carta y algún presente material que sirva como recordatorio. Hoy me dedico a la carta, entonces.

Salgo del trabajo, vuelvo a casa, que está a la vuelta de la UTN, está lleno de librerías, pero compruebo que estoy viejo. Los papeles reciclados de colores que venían con sobrecito ad hoc y que hicieran las delicias de mis primeras novias, brillan por su ausencia en una tras otra librería. Hay blocks y resmas de hojas de colores, pero son para impresora, una cosa carente por completo de romanticismo, y no puedo permitirme eso. Como si se tratase de una película, en el último intento, un local herrumbroso sobre la calle Medrano, casi llegando a Rocamora, el vendedor me dice sí, claro y saca. Elijo papel y sobre azul, hacen juego, están levemente arrugados cosa de dar constancia de mi interés por la ecología, por el medioambiente, por el cuidado del universo, de su persona. Pago. Vuelvo a casa.

Escribir, entonces. De un tiempo a esta parte, escribo mejor en el teclado que a mano. Mi mano tiende a cansarse luego de dos líneas, y con el teclado puedo escribir cual si se tratase de una ametralladora en film bélico dirigido por Clint Eastwood o Sam Peckinpack. Sin embargo, no puedo escribir de esa forma, no sólo porque el papel reciclado que compré no sirve para impresora sino porque no da, simplemente. Muy impersonal.

Escribo, entonces, a mano. Hablo del mes, de lo que descubrí en ella –maravillosa, dulce, inteligente-, de lo que siento, del deseo. Hablo de futuros meses, también…

Suena el teléfono. Sonia 04 desde la casa de su abuela. Me pregunta por mi día, yo por el de ella. Hace comentarios respecto a que el lunes cumpliremos un mes -su inseguridad, su insistencia me resulta tan tierna-, y yo me quedo tranquilo: ya capté el mensaje, puse manos a la obra y nada puede salir mal.

No cuento con que mi partenaire es Sonia 04, claro.

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Responses

  1. Para la próxima, en Fco. Acuña entre Gorriti y Cabrera (más para el lado de Cabrera), hay un local donde venden esos papeles y sobres de todos los colores y motivos.


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