Posteado por: Diego Grillo Trubba | 10 septiembre, 2006

Estrella invitada: terrasexyonoetc

Nueva modalidad. Una visitante del blog me mandó un encuentro vía internet, y lo cuelgo de la página. La verdad, una delicia. El resto, invitados.

Antes de anotarme en el portal del que me cité con ‘pescado’, ‘tío’ y ‘joven’, me había registrado en otro sitio en el que tardaron tanto en dar de alta mi perfil que me aburrí de esperar. Aún cuando mi perfil no estaba disponible, yo podía ver perfiles de otros y hasta podía acceder a ponerme en contacto con ellos. Le mandé un mensaje a un fagotista. En su foto aparecían varios actores y músicos disfrazados de payasos. Ninguno era horrible, su presentación era discreta. Es un artista, pensé. Le mandé un mensaje. Olvidé el asunto. Mientras tanto, en el otro portal, pasé con varios varias etapas. Me cansé rápido del asunto. No es que tres citas fueran demasiado, sino que ya había intentado en otras oportunidades con internet, y sabía que no iba a funcionar. El nuevo intento se debía a que una amiga –que se acababa de separar de su novio de tres años (el último año, de convivencia)– me había dicho: Lo conocí en txrrx.

Estaba a punto de bajar los brazos (debí hacerlo), chequeé la cuenta de mail abierta ad hoc para las citas y me encontré con la respuesta del fagotista. Pasamos al msn, y como no me gusta dilatar las cosas, lo invité a ver una muestra de clown a la que tenía pensado ir ese mismo día. Claro, la foto de payaso en su perfil era porque, además de músico, él tenía algunos conocimientos de presencia actoral y técnica clown. Se había capacitado porque producía y actuaba en una serie de espectáculos para niños. Entonces me pareció atinada la invitación que fue aceptada con gran entusiasmo de su parte.

Pasé por su casa. Él tenía auto, pero yo no había querido darle mi dirección. Así que insistí en pasar yo a buscarlo y luego ir desde allí juntos al teatro. En la muestra que íbamos a ver, iba a actuar un profesor mío de teatro que no me había invitado. Yo me había enterado que actuaba por conocidos en común. Pensé que mi jugada era riesgosa: una cita a ciegas + la sorpresa a un profesor que por algo nunca me había invitado. (Aclaración: en el pasado, yo había estado platónicamente enamorada de este profesor). Pero estaba tan cansada de los bares, que me dije: al menos, si esta cita a ciegas no me resulta, me habré divertido viendo un espectáculo.

Llegué a la casa del fagotista. Toqué el timbre. Me atendió un gordito simpático. No me pareció feo. Igual supe que iba a ser difícil convencer a mis hormonas para que alguna vez se activaran con él. Y no hablo solo de sexo, hablo de esa sensación de vértigo que te da encontrarte con ciertas personas. Pero ya no soy adolescente, y creo (o quiero creer) que hay que darle oportunidades al cuerpo. En circunstancias extra-internet me he enamorado de cada bagarto, que, en fin. Habría que poner a prueba su sentido del humor, detalle para mí excluyente.

Llegamos al teatro, una sala-escuela, casita tipo PH. Como era temprano esperábamos en el jardín del fondo donde vendían empanadas, cerveza y gaseosa. Pedí gaseosa. Mientras bebía cocacola en vaso de plástico vi en un rincón una puerta que decía ‘Camarín’. La estaba mirando cuando se abrió y apareció un payaso. Era mi profesor que con cara de sorpresa y nariz roja se acercó a abrazarme. A abrazarme mucho y muy fuerte (se ve que como yo tenía compañía masculina se sentía más inspirado a apretujarme, y más protegido contra el peligro de mi reacción; siempre fue un poco histérico). Los presenté.

Nos acomodamos en la sala a esperar. Nos sentamos en el piso, adelante de todo. El espectáculo consistía en números improvisados. Se sacaban dos bolillas: una con un tema, otra con los nombres. Y los payasos tenían que salir a escena a pilotearla. Al segundo en salir le tocó improvisar con un rolisec. (Aclaración II: la técnica de los clowns implica un trabajo muy cercano con el público). El payaso y su rolisec no eran para nada graciosos. Su escena empezó a hacer agua y en consecuencia empezó a violentarse. Estaba en un callejón sin salida y se dio a su público preguntando qué hacer. Un niño de la audiencia dijo ‘basura’. Y por ahí se mandó el payaso a repetir ‘basura basura’ mientras cortaba pedazos de papel. Eligió a alguien del público para meterle ‘la basura’ dentro de la camisa. ¿A quién eligió? Al gordito de mi lado, a mi cita. No pude no sentirme incómoda porque supe que él estaba incómodo aunque se reía. Trataba de resguardarse con los brazos mientras el payaso gritaba ‘basura’ cada vez más fuerte y seguía invadiendolo, rellenándolo de papel tissue. No sé si puedo trasmitir acá la incomodidad que sentí allá. Cuando se le acabó el rollo, se alejó para salir de escena. Antes de irse dijo, señalando al fagotista, mirándolo a los ojos: ‘voy a volver’. A partir de ese momento, empecé a rogar en cada sorteo, que por favor no saliera el nombre del payaso violento otra vez. Y no volvió, no por lo menos hasta que nos fuimos.

El azar le dio turno a mi profesor que salió junto con otro payaso. El tema era, si mal no recuerdo, los opuestos y de a dos, se las iban arreglando bastante bien. Hasta que, como en toda improvisación, vino el vacío. Mi profesor le pidió una frase inspiradora a su compañero de escena. El compañero dijo: ‘En casa de gordo, las chancletas son del dueño’ (juro que es textual, porque no me la olvido más). A lo que mi profesor, miró a público. ¿Y a quién eligió para hablarle? Sí. Acertaron. Lo miró al gordito y dijo ‘Vos de eso debés saber, eh’.

Hubo un par de números más. Hubo un intervalo. Sugerí irnos. Nos fuimos sin saludar.

Por mí, me hubiese ido a casa. Pero sentí que estaba en deuda con Fagot, así que acepté cena. Fuimos a Palermo (el teatro había sido en Belgrano).

A esta altura supe que todo sería irremontable. Ya no tenía sentido preguntarme si me interesaba o no. No me gustaba, ¿por qué tendría que hacer un esfuerzo para que me guste? Encima habíamos empezado tan pero tan mal. Lo que más me molestaba era que él hacía como si nada hubiese sucedido. La cereza: durante la cena soltó un par de opiniones de esas que me hacen pensar que nunca voy a poder tener una relación con esa persona: algo del tipo ‘el que no tiene talento que no se dedique al arte’, sugiriendo que el ingreso al conservatorio de música debería restringirse a los supertalentos. Dos o tres más del estilo.

Cuando terminábamos la cena, entró al bar un amigo de mi hermana. (Por cierto, un amigo de mi hermana que me gustaba).

Terminó la cena. Acepté que me llevara a casa.

No me gusta dejar nada abierto. No me gusta que me dejen esperando, así que no le hago a los demás lo que no me gusta que me hagan a mí. Hubo intercambio de mails para cerrar el asunto.

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