Posteado por: Diego Grillo Trubba | 6 septiembre, 2006

Sol cuyano

Parto temprano. Durante el vuelo, no sé si contarle o no a la Blonda -compañera de trabajo, en algún momento pensé que se convertiría en una Sonia, pero no-. Ella me ve la cara, y pregunta. Le cuento.
-¿No estará de novia? -dice.
La pregunta es: si está de novia, ¿para qué me contactó? ¿Quizás porque el novio no toleraba sus mails larguísimos? ¿Por qué mostrarme el águila en su salvapantallas? ¿Por qué hablar de mis ojos en el mail posterior a la salida?
-La verdad -digo-, a las mujeres no las entiendo.

Nos recibe Manganetti, un amigo y colega mendocino. Vamos al hotel, dejamos las cosas, luego partimos Manganetti y yo hacia San Martín. 40 minutos de coche. Le hago un breve resumen de lo acontecido. No sé por qué, pero cada vez que lo cuento me suena más irreal.
-A las mujeres no las entiendo -le digo.
En ese mismo instante suena el celular. Mensaje de texto. Leo. Sonia 01.
(se refiere a que recibió mis mails, supongo) (¿para qué escribió el . Disculpame que no te escriba tantotanto? ¿no debería haber dicho disculpame que no te escriba a secas?) pero estoy con problemas laborales (de repente, recuerdo mi etapa marxista: abajo los problemas laborales, y el capitalismo). Te escribo ni bien tenga espacio físico. Se corta el mensaje (quizás por espacio físico se refería a esto), enseguida llega otro. y mental. Beso.
Le escribo casi de inmediato otro MSM: estoy en Mendoza, cualquier cosa que necesites llamame. No puedo decir más: me ofrezco a ayudar, pero no la atosigo. Si no se tratara de mí, diría que es el mensaje de un tipo que sabe medir sus reacciones.
-¿Y cómo es eso de que no entendés a las mujeres? -pregunta Manganetti, divertido.
-¿Eh? No, nada, dejá.

El resto del día espero llamado, MSM, mail. Nada.

Por la noche, vamos a comer afuera con la Blonda y Manganetti. Al salir del restaurante, veo un cibercafé en la vereda de enfrente. Tengo el impulso de cruzar para ver si Sonia 01 escribió, si encontró espacio físico y mental, si encontró el teclado, si encontró algo. Me detengo.
Regresamos al hotel, y cuando cierro la puerta de la habitación por algún motivo que desconozco pero me resulta absolutamente iluso, me siento orgulloso de no haber chequeado mail.
Eso sí, dejo el celular prendido en la mesita de luz.

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