Lunes 26 de mayo.
Suponete que hacés algo que todos quieren hacer. Mejor dicho: suponete que hacés algo que todos creen que todos quieren hacer (en muchos casos, con la excepción de ellos mismos, aunque suponen que el resto sí quiere). Suponete, entonces, que das con esa situación ansiada, supuestamente ansiada.
Suponete que encima te salió bien. Suponete que ya lo habías hecho antes -quizás por eso no estabas tan entusiasmado, quizás por eso no lo idolatrabas tanto-, y antes no te había salido tan bien. Pero suponete que esta vez, sí, te salió bien. Vayamos más allá: suponete que te salió bárbaro.
Suponete que, aparte, llevás un blog donde das cuenta de tu vida. Suponete también que ese blog es leído. Suponete que quienes leen -porque quienes leen, aunque se suponga lo contrario, forman parte de la totalidad- también creen que todos quieren hacer lo que hiciste. Suponete que dedicás buena parte del día a escribir lo que hiciste y todos quieren hacer. Y suponete que es leído. Y suponete que es comentado, en muchos casos con espanto (ellas, en su mayoría) y otros regocijo (ellos en su totalidad, ellas en su minoría).
Suponete que llegás al trabajo y tu jefe te aplaude. Suponete que te dice “no, mejor escribí en ese blog tuyo, así lo leo, campeón”.
Suponete que, a lo largo del día, recibís varios mensajes de texto. Suponete que son de las dos personas con las que hiciste lo que todos creen que todos quieren hacer. Suponete que te piden -casi ruegan- que desean repetirlo.
Suponete que en ese blog que escribís, al principio eras un perdedor. Suponete que eras alguien que deseaba dar con el amor, con algo tan simple -o no- como formar una pareja, crear un espacio, construír un hogar en el que te sientas menos mierda. Suponete que quienes leen el blog supusieron que la situación era una característica tuya: no que estabas mal, sino que eras eso. Suponete que hacer lo que todos creen que todos quieren hacer no tiene nada que ver con lo que buscabas en un principio.
Suponete.
Suponete todo eso.
Vos, ¿cómo te sentirías?