Lunes 3 de marzo.
En “El Principito”, Saint-Exupery demostraba que la silueta de un sombrero bien puede ser una serpiente que se tragó un elefante entero. Digo, las cosas podrían no ser lo que parecen. Mejor dicho: las cosas no deberían ser lo que parecen. Porque lo que parece, en este caso, es que Sonia 13 es casada. Existe la posibilidad de que esté comprometida, también. En términos probabilísticos -y tomando en cuenta que hoy casi nadie se compromete-, diría que hay un 85% de posibilidades de que sea casada, y un 15% de que esté de novia con compromiso en firme. También en términos probabilísticos, hay un 100% de probabilidades de que la situación choca con mis principios éticos. Soy, por así decirlo, un principista. Mis principios me dejan tranquilo -lo cual se puede traducir como “me dejan dormir en paz”-. Nunca salí -o, corrijo de acuerdo al índice probabilístico, nunca lo había hecho hasta ahora- con una mina casada. El motivo es sencillo: no le hago a los demás lo que no me gusta que me hagan. Digo, no me gustaría ser cornudo. Por esas cosas, creo en algo así como el Yin y el Yan -pero soy ateo, por lo que sería más apropiado hablar del Yin y el Tang-: cosechamos pura y exclusivamente lo que sembramos. Si yo hago que un tipo sea cornudo, tarde o temprano lo seré. Por lo tanto, no lo hago. Corrección: no lo hice hasta ahora. Intento consolarme: bueno, pero con Sonia 13 yo no sabía que estaba casada. Hay atenuantes. Mi ignorancia, por ejemplo. Yo sospechaba, diría el fiscal, pero una sospecha hubiera sido injusta en caso de que Sonia 13 se manejara con horarios extraños y encuentros relámpago, diría el abogado defensor. Sin embargo, ahora lo sé. Digo: ahora sé que es casada. O que tiene novio y están comprometidos. Ese anillo era una alianza. Esa alianza estaba en el dedo que me acariciaba el paquete. O sea: fui cómplice.
Es cierto que le hice el culo, pero también lo es que cuando hago un culo empleo toda la delicadeza de la que dispongo. No digo que no duele nada, pero al final termina por gustar -o, eventualmente, se trata de actrices amateur que se equivocaron de profesión-. Hacerle el culo no fue un castigo. Por otro lado, ¿quién soy yo para castigar? Mejor dicho: ¿qué soy? ¿Cuán hipócrita puedo ser?
Las mejores respuestas se comprueban en las acciones.
Por la tarde, recibo un mensaje de texto de Sonia 13. Era lógico: sábado y domingo no me podía escribir, su marido -o su novio comprometido- estaba junto a ella.
El mensaje dice:
“Hola bombón, ¿nos vemos mañana?”.
Y mi acción dice. Respondo:
“Sí, claro”.
