Venía de relaciones insanas, equivocadas. Había decidido que nadie más que no me cuidara, que nadie más que no se ocupara, que nadie más que no me quisiera, iba a tocarme un pelo. A la distancia, suelo llamar aquella época, como la época de desintoxicación. Duró un par de años y unos meses. Todo ese tiempo sola. En mi haber, había varios novios, algunas relaciones, y solo dos amores, que no fueron noviazgos. El primero, una historia de un mes y medio, con un duelo de más de un año. El segundo, un tipo comprometido (con otra) que había dejado mi autoestima por el suelo. Quería empezar de nuevo. Y necesitaba soledad. Algunas amigas lo entendieron. Otras no. Mi amiga no. Me llama y me dice: - Mi jefa tiene un amigo soltero para presentarte, es ideal para vos.
- No quiero conocer a nadie.
- Date la oportunidad.
- Me la estoy dando.
- Mi jefa le dijo, y se re copó con conocerte. Te va a gustar.
- Lo conocés?
- No.
- Como sabés que es ideal para mí?
- Porfa, es amiga de mi jefa, no me hagas quedar mal.
Mis otras amigas opinaron. “Cuando no buscás a nadie, aparece. A lo mejor es este, el hombre de tu vida”. “Si no te gusta, qué perdiste?, una salida, nada más”. “No hace falta que pase nada. A lo mejor pueden ser amigos”.
A mí sólo una cosa me preocupaba: ¿como llegó mi amiga a hablar con su jefa sobre mí y mi soledad?. ¿Qué imagen estaba dando?.
Acepté. Estaba en época de desintoxicación, trabajaba en casa, y rara vez salía, eso se traducía en poca producción, poco cuidado personal, poca ropa canchera. Me vestí con lo más presentable que encontré, un jean, una remerita color pastel, y un spenser que usaba en mi época de oficinista. Prolija. Pero con poca onda. El pelo, un desastre. Hacía siglos que no me cortaba las puntas, ni le daba un marco moderno a mi cabellera. Me calcé dos hebillitas como cuando era colegiala, y salí.
Fui. En una esquina esperaba mi amiga, su novio, su jefa, y dos muchachos. Uno, el marido de la jefa de mi amiga. El otro, el candidato. Ningún indicio de quién era quién. Puse el ojo, como solía suceder en la época anterior a la de desintoxicación, que llamo época oscura, en la persona equivocada. Juro que hasta mitad de la noche, no me di cuenta de que el muchacho que traían para que se fijara en mí era aquel hipon, cuasi mudo, por lo menos cinco años menor que yo. Me habían dicho que me iba a gustar. Y a mí me gustaba el otro. Desplegué toda la simpatía de la que era capaz en el hombre equivocado, y nadie se dignó a corregirme. Hasta que la jefa de mi amiga le preguntó al hipon cuasi mudo, del que no recuerdo su nombre, cómo le había ido en su último viaje. ¡¿Cómo?! Esa no es una pregunta que hace una esposa a un esposo.
Por supuesto, no dije nada. Mi amiga nunca supo.
Sólo me preocupaba una cosa. ¿Qué le habrá dicho mi amiga a su jefa para que juntas decidieran que ese chico del que nada me gustaba era el ideal para mí? ¿Cuánto me conocía mi amiga?
Al otro día, llamó mi amiga para disculparse, el muchacho en cuestión había dicho, según la jefa de mi amiga, que habrá querido matizar la frase, y según mi amiga, que también habrá hecho su aporte para suavizar, que yo era linda, pero muy mujer para él.
Desde entonces, sólo me preocupa una cosa… ¿qué habrá dicho realmente de mí para que la mejor traducción que encontraron fue sea que soy “muy mujer”. ¿Habrá sido el spencer?
Luego de esa época, vino la época (que solo incluyó un noviazgo) que llamo época de transición, en la cual apareció ese hombre que se ocupaba, me cuidaba y me quería, pero no llegaba a llenarme… Creí que podía conformarme. Pero tampoco. Igual sirvió… me estaba preparando para esta nueva época. La época del verdadero amor. Mutuo. Sano. Indescriptible.
