Viernes (cont.).
-¿Cómo? -pregunto.
El Flaco asiente, funerario.
-Se fue, nomás. Vino temprano, agarró sus cosas y se despidió.
-Pero no puede ser, no me dijo nada…
-Se fue, Elemental. Se fue.
Me incorporo. Voy hasta la oficina de al lado. Miro el escritorio de Sonia 00. En efecto, desaparecieron sus pertenencias. Sobre la fórmica, sólo el monitor.
Vuelvo a mi oficina.
-¿Vos le dijiste algo? -pregunta el Chancho.
-No, qué le voy a decir…
Y entonces todos desaparecen. De repente, estoy solo en la oficina. Ellos están, me miran, lo sé, pero no. Estoy solo en la oficina, que expande sus paredes hacia arriba, hacia abajo. Estoy solo en el edificio. Estoy solo. Punto.
Pocos minutos después, nos llama la secretaria para recordarnos que en pocos minutos hay reunión general de la Dirección. Cada tanto inventan estas reuniones para aparentar que se está haciendo algo. La Directora -buena mina, un poco obtusa nomás- expone los supuestos logros de su gestión, trata de inculcarnos los valores que ella cree propicios para el trabajo. Todos simulamos escuchar, nadie -salvo el Chancho o yo- se atreve a objetar nada. En el fondo, todos saben que esta Dirección es un simulacro, que nuestro trabajo es un simulacro, y siguen como si nada. Malas noticias: nuestras vidas, son un simulacro.
Sala de reuniónes. Me siento. Todos me miran. Lo sé. Todos me miran y se compadecen. Piensan, estoy seguro: este pelotudo se puso hasta a hacer dieta para levantarse a la minita con boca de petera, y ella se las picó. Sin embargo, yo pienso otra cosa. Que Sonia 00 necesita este trabajo. Que hasta me pidió guita prestada y me la devolvió apenas cobró por primera vez el sueldo. Que su familia es complicada, y ella tiene que ayudar, y ahora no podrá hacerlo. Y yo, que la iba a ayudar… Yo, que me iba a sentir menos solo…
Todos me observan. Alguien, al entrar, me pregunta si estoy bien. No digo que sí. Me encojo de hombros.
Comienza la reunión. La Directora comienza a decir sus estrategias para posicionar una Dirección sin utilidad alguna en el fantástico mundo de los alimentos nacionales. El resto bosteza. Yo ni escucho. Yo pienso que esto no sucede, que nada está sucediendo. ¿Y si me abortaron antes de nacer y lo que supongo mi existencia no es sino una ficción que me inventa el destino antes de que la cucharita me saque del interior de mi madre mientras mis manitos intentan repeler a la cucharita? ¿Por qué los militantes católicos opositores al aborto hacen tanto hincapié en la cucharita? Claro: la imagen supuestamente veraz que todos saben falaz muestra al feto como resistiéndose a morir. Sin embargo, supongo que yo, cuando metieron la cucharita, ni me resistí. Sabía lo que me esperaba y debo haber dicho, desde adentro, las manos cual megáfonos alrededor de la boca, “delen nomás, saquen todo lo que hay que sacar, que para lo que me espera la verdad prefiero que hagan ustedes lo que nunca me voy a atrever a hacer”. Pero no. Ni eso. No hubo cucharita. Y hace años que no duermo cucharita con nadie.
Si al menos pudiera… Si pudiera, por ejemplo, lograr que esta oficina se derritiese. Que todos se derritiesen. En vez de “Museo de cera”, “Secretaría de cera”. Nos derretimos. Hasta nos mezclamos, confundimos. Y alguien pasa, mucho después, y nos recoge. Con cucharita, claro. La cucharita, al fin.
La puerta se abre. Miro. Deseo un espejismo. Por favor deseo al menos un microsegundo en el que supongo, al menos, que se trata de Sonia 00. Un microsegundo de sosiego. Si existís, dame eso al menos. No me lo da. O Dios no existe o es bastante garca. Y, hablando de garcas, quien ingresa es el Alemán. Todos lo miran. La Directora se interrumpe, dice en tono de broma “pero qué bien, el Alemán se despertó temprano y vino a la reunión”. El Alemán sonríe. Se sienta. Mientras la Directora retoma su discurso más fantástico que cualquier novelade Phillip K. Dick, él se sienta y el Chancho se le acerca. Le dice algo al oído. Escucho la única palabra que dice el Alemán:
-Mejor.
Este hijo de una gran puta hizo todo lo que hizo y ahora, al enterarse de que Sonia 00 renunció, dice “mejor”.
Cada tanto, el Alemán me observa. Mis ojos le indican que están incapacitados para asesinarlo, pero que anhelan poder hacerlo. Ah, asesinar con los ojos. Con mis ojos verdes, inmensos. Si lo único lindo que tengo se transformase en una máquina de matar, mi vida sería perfecta. Digo, continuaría careciendo de sentido, pero al menos me divertiría.
La reunión termina. Me incorporo. Trato de salir de la oficina. Una voz me detiene:
-Elemental, tengo que hablar con vos.
Giro. La Directora.
Vamos a su oficina. Me siento. Ella me palmea la espalda. Creo que si me palmean la espalda una sola vez más, tendré urticaria. Se me pondrá la piel en carne viva.
-¿Qué pasó?
La miro.
-Me acabo de enterar de que Sonia 00 agarró sus cosas y se fue a la mierda. ¿Qué pasó?
La miro.
¿Qué decirle a la autoridad laboral? ¿Qué decirle a esta buena mina que vino varias veces a cenar a mi casa, con la que nos cagamos de risa, con la que a veces hablamos de Lost?
Hay dos mundos. El de las apariencias y el otro. Quienes viven en las apariencias suelen ser llamados triunfadores. Quienes no, idiotas o locos. Nadie vive siempre en uno de esos mundos, nos alternamos. Cada situación nos hace plantearnos dónde pasaremos los siguientes minutos, en cuál mundo. ¿Cuál es el que corresponde ahora, ante esta pregunta? Para peor, la Directora insiste.
-¿Qué pasó, Elemental?
Me toma de la mano. Yo estoy lejos, muy lejos. Mi voz, que comienza a escapar de la boca, suena con eco. Como si no hablara yo. Como si fuera otro, quien eligió otra vez vivir fuera del mundo de las apariencias.
Le cuento. Todo. En mi mente, en mis intenciones, la posibilidad de que no se tomen en serio la renuncia de Sonia 00. Ella necesita el trabajo, insisto. Minimizo, en mi relato, cualquier posibilidad de mala intención por parte de ella. Hago hincapié en la disputa entre dos pelotudos que superaron los treinta años. Cuando termino, la Directora me acerca su teléfono.
-Llamala, Elemental -dice.
La miro.
-Llamala y decile que venga mañana como si nada. No tiene sentido que renuncie por esto.
-¿Ahora?
-Ahora. Acá. Debe estar desesperada. Llamala.
Asiento. De repente, la Directora se transformó en un ser humano. Tomo el teléfono, el tubo, lo llevo a mi oído. La Directora sale de su oficina luego de decirme “hablá a solas, que te vas a sentir más cómodo”.
Del otro lado, suena el teléfono.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Cuatro veces.
Supongo que va a atender el contestador automático de su celular.
Atienden.
Es Sonia 00.
-¿Elemental? -pregunta.
