Jueves (cont.).
Cual escritor de recursos limitados, uno atraviesa la vida sólo en primera persona. Creo que la cámara subjetiva, en el cine, la debe haber inventado alguien que se percató de eso: ¿por qué corno vemos en la pantalla las cosas desde afuera, con cierto orden, cuando en verdad lo que vemos en nuestras vidas es un campo limitado e incomprensible? Uno mira con esa cámara subjetiva, se pierde buena parte de la película (todo lo que ocurría entre el Alemán y Sonia 00, por ejemplo). ¿Cómo sería una película de guerra narrada en cámara subjetiva, cómo se entiende una batalla, un holocausto, desde la mirada de un tipo de a pie? De ser así, el espectador -que ve sólo lo que el protagonista-, sólo sospecharía la muerte, las bombas, los tanques, los aviones. Orson Welles trató de narrar un policial con cámara subjetiva: fue un fiasco. Uno sólo vería la desesperación de alguien que desea simplemente sobrevivir y no tiene demasiada idea de lo que ocurre.
Como yo ahora.
Me tranquilizo. El Flaco dice:
-Flor de hijo de puta, el Alemán. Y esta mina…
-Es chica -intento una amnistía para Sonia 00.
-Sí, puede ser.
Poco después, llega el Chancho. Ya no lloro, ya fui al baño a lavarme la cara, pero está el tema de mi puta cara transparente. Me mira, mira al Flaco. El Flaco se levanta, le dice algo que no alcanzo a escuchar. Salen de la oficina. El efecto en cadena ha comenzado.
Se repite cuando llega el Chapa, cuando llega el Tanguero.
Se miran, se hacen alguna seña, y salen. Y yo me quedo sentado ante el monitor. No hago nada. En la administración pública uno nunca hace nada, pero hoy menos. ¿Cómo es menos que nada? Buena pregunta. Digamos: estoy sentado ante el escritorio, en el monitor el salvapantallas, mis manos entrelazadas con las dos rodillas que las aprietan. ¿Mi boca babea? No, creo que no.
El Chancho, el Chapa, el Tanguero me palmean la espalda y no dicen nada.
De la oficina de al lado, la primera en llegar es la Nena, luego Voz Nasal, luego la Creyente. Como siempre, a medida que llegan entran en mi oficina para cargar agua caliente del dispenser, y mientras lo hacen sueltan su buen día, tan extemporáneo en esta ocasión. De mi parte reciben un tibio buen día, de mis compañeros también. Al menos la historieta no se filtra a la oficina de al lado, pienso. Pero llega Sonia 00 -no entra en mi oficina, pero la escucho-, y escucho tras las paredes los cuchicheos.
Ya está: soy el tipo más pusilánime del piso, del edificio todo. Si en la Secretaría sólo trabajan seres patéticos, me acabo de convertir en el premio honoris causa al patetismo, por mérito propio.
Cada persona que me cruzo -cuando voy al baño, por ejemplo- me observa. En esos ojos hay algo. No sé bien qué, pero algo. No se trata de vida inteligente, de señales de raciocinio, tampoco es para tanto. Pero es algo.
Entra mi jefe, a quien detestamos, a quien despreciamos, nos saluda. A mí me palmea la espalda.
Mierda.
La mañana transcurre así, por lo menos hasta que Sonia 00 se asoma por la puerta y me dice:
-¿Bajamos?
Y luego dice:
-Tenemos que hablar.
Abro la boca. Al pedo, pues no puedo emitir sonido alguno. Miro los otros escritorios. El Flaco, el Chancho, el Tanguero y el Chapa trabajan. Prueba incontrastable: acá nadie trabaja, por lo que están simulando, por lo que están pendientes de lo que está por ocurrir, por lo que esperan mi respuesta.
Entonces le digo a Sonia 00:
-Sí, bajemos.
Y le digo:
-Sí, charlemos.
Y el resto simula trabajar.
